8/11/14

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Jaime Panqueva


Jaime Panqueva 
Dos relatos
Seleccionados y presentados por Enrique Solinas



La narrativa de Jaime Panqueva parte desde elementos autorreferenciales o datos tomados de la realidad para atravesar los mismos con procedimientos ficcionales y transformarlos en literatura. Porque para Panqueva todo es ficción, porque todo es realidad, y es interesante ver cómo en su universo literario estos conceptos se amalgaman para ya no poder diferenciar el límite entre lo uno y lo otro. ueño de un estilo personal, ágil, acabado, preciso, aquí les presento dos relatos de este gran escritor colombiano, residente en México, autor de La rosa de la China, novela que obtuviera en 2009 el Premio Juan Rulfo.



POR LA BOCA MUERE EL PEZ


Sucedió el cinco de Junio del 2006. Al encender la tele para ver el noticiero nocturno las imágenes me cayeron literalmente como un chorro de agua fría: el Lago Mayor del Segundo Sector de Chapultepec se había escurrido a través de una grieta del subsuelo. Las cámaras mostraban como sobre el cieno infecto y contaminado coleteaban varios especímenes de carpas sobrealimentadas con aire antediluviano de celacanto. Por las orillas se veía corretear a los funcionarios del parque en su intento por meter la mayor cantidad posible en unos barriles metálicos. Se están realizando todos los esfuerzos para que la población de peces sea trasladada a otro ambiente mientras se repara la fuga, comentó la reportera. Mi escalofrío se convirtió en una tenue melancolía. Llevaba pocos años en la ciudad pero le había tomado un cariño especial a esa enorme mancha verde, conocida por mí gracias a las películas de Cantinflas que había visto en Colombia.

Pocos días antes había recorrido los alrededores del lago con mi hija de tres años y medio. Una grulla monumental, con seguridad escapada del zoológico del primer sector, se posó en medio de aquel espejo de agua verdosa. Por los movimientos elegantes de su cuello alargado y la manera de flexionar de sus alas nos dimos cuenta de que intentaba pescar su almuerzo. Yo estaba fascinado, la elegancia y colorido del ave evocaban los grabados de Hokusai. Verla trasplantada en la México-Tenochtitlan comprobó mis sospechas de que esta ciudad era capaz de abarcarlo todo. Creí que hasta Moctezuma Xocoyotzin estaría satisfecho si pudiera ver estos estanques sobrepoblados con seres exóticos, pues él mismo trató de hacer de Chapultepec un jardín que diera cuenta de la grandeza de su Imperio. Lucía no estaba para ese tipo de reflexiones, lo hizo evidente con un par de tirones a mi pantalón. Ella (y yo también, lo reconozco) sabía que la visita tenía como objetivo alimentar a los seres monstruosos que pululaban bajo la superficie del agua. 

Desde la primera vez que visitamos el lago quedamos prendados por un suceso: cientos de peces se arremolinaban junto a la orilla para recibir sus galletas de animalito. Con esa dádiva, replicada por los millares de visitantes diarios del parque, la población de peces se mantenía en crecimiento constante, desafiando las progresiones exponenciales calculadas por Malthus. La voracidad era complementada por el arrojo. Había tal competencia por las generosas donaciones de rinocerontes, leones y camellos de masa horneada, que los peces eran capaces de asomar la cabeza con un abrir y cerrar de boca que envidiarían los personajes secundarios de Bob Esponja. El chapoteo atraía a los curiosos, los peces se retorcían y engullían las galletas en segundos. Pero no era lo único que recibían. Un día vi a una señora contrabandear sushi del buffet del Meridiem para cebar a esos aprendices de escualo. Cheetos, chicharrones de harina, palomitas de maíz, todo desaparecía rápidamente de la superficie e iba a parar a la panza de los ictiosaurios, como me gustaba llamarles. Era un espectáculo barroco de lo más exquisito. Y por un módico precio: el kilo de galletas costaba diez pesos. 

Nuestro juego favorito con Lucía se llamaba pato o pez. Como era de esperarse la alta disponibilidad de la comida no atraía sólo a los peces, algunos patos osaban acercarse nadando a la orilla para recibir un bocado. Pero los peces eran implacables y les atacaban cuando les veían demasiado cerca. El juego consistía en arrojar la galleta a un punto equidistante entre los patos y los peces para adivinar quién la atraparía. Casi siempre ganaban los peces, eran demasiado temerarios. Tras un rato de recibir agresiones subacuáticas, los pobres palmípedos se alejaban con el rabo entre las patas o salían del agua para poder comer con mayor seguridad sobre la banqueta. Siempre me pregunté qué pasaría si alguien caía accidentalmente cerca de los peces, ¿una escena similar a la de la setenterísima Piraña? Aún no lo sé, y como para aquel entonces Lucía era mi única hija, carecí de valor moral para experimentar con ella. Se me ocurrió aventar a otro escuincle, pero desistí al ver que le daría un mal ejemplo. 

Apagué la tele y esperé al día siguiente para darle la noticia a mi peque. ¿Se murieron los ictiosaurios, papá? No, cómo crees. Se los llevaron a otro lugar en lo que reparan el boquete y al rato los vuelven a poner, le dije. Es el tipo de mentiras que uno se acostumbra a decir como padre. Habíamos perdido algo entrañable.  Así que, meses después, cuando con bombos y platillos se anunció la reparación y llenado del lago, aprovechamos el fin de semana para visitarlo.  Ínfimos alevinos serpenteaban en el agua casi cristalina. Me cambiaron el pinche lago, pensé, no hay ni rastro de nuestras mascotas. Por casualidad, encontré a uno de los cuidadores del parque, no dudé un instante en preguntarle. Me dijo que los barriles habían sido llevados a Chalco. Al poco tiempo los peces sobrevivientes habían muerto porque el agua era demasiado limpia para ellos. ¿Demasiado limpia?, volví a cuestionar como si no le hubiera oído. Sí, señor, demasiado limpia. Se murieron todos los ict… ¿cómo fue que me dijo?

Leyenda urbana o no, el epílogo de la ruptura y recomposición del estanque me puso a pensar. Además de comprobar la sabiduría centenaria del Hagakure, donde se asegura que “el pez no vive en el agua clara”, había una enseñanza personal que debía dilucidar. Pensé en el légamo fértil, contaminado, sobrepoblado y competitivo que habitamos, ése que engendra monstruos, nutre a seres más normales, como los patos, o tan maravillosos como la grulla. Soñé con historias que brotaban de ese barro primigenio como lo hacía otrora el agua de los manantiales del cerro de Chapultepec. No llegué a nada en claro, soy algo torpe para eso de los análisis. 

Ver algunos chiquillos aventando galletas al agua a la espera de que los charalitos las devoraran, puso punto final a mis cavilaciones. Saqué unas monedas de mi bolsillo y tomé de la mano a Lucía. Fuimos a comprar más alimento para peces.





EL HÉROE



¡Qué no hizo y sufrió aquel fuerte varón en el caballo de pulimentada madera, cuyo interior ocupábamos los mejores argivos para llevar a los troyanos la carnicería y la muerte! 
        La Odisea Canto IV



Habían transcurrido casi dos semanas de encierro y la situación era desesperada. 

—Jefe —le susurraba el valiente Anticlo para evitar ser descubiertos—, no aguantamos más, capitulemos. 

Odiseo pensó en el piquete de soldados troyanos que no desamparaba en ningún momento los cascos del caballo. Entregarse significaba morir en sus manos o ser vejados y brutalmente torturados tras los muros de Ilión. Cualquier sospecha podría dar al traste con su última genial idea. Miraba a su alrededor; estaban casi sumergidos bajo sus propios excrementos los cuales no habían logrado salir a la superficie gracias a la excelente brea aplicada sobre el piso y las paredes que fungían de barriga al corcel. Sabía que no podrían resistir más tiempo, pero no daba su brazo a torcer. En la penumbra le lanzó una mirada a Menelao, quien desde su altercado con motivo del funeral de Ayax se hacía el pendejo y apenas le dirigía la palabra. Sabiéndose solo al mando de la descabellada expedición, inició por enésima vez el recuento a sus subordinados de las riquezas que les aguardaban del otro lado de los muros de Troya, del caballeroso (en la más amplia extensión de la palabra) rescate que realizarían de Helena, del cumplimiento de los juramentos realizados a los dioses y,  para finalizar, del valor sin tacha propio de la estirpe argiva. Los soldados lo observaban silenciosos, como quien ve llover. Ocasionalmente, se escuchaba algún cintarazo destripando alguna mosca de las miríadas que agobiaban a la tropa durante el día. Como corolario, mencionó los favores de la gran Atenea, patrocinadora oficial de la fabricación de la trampa, y la valiosísima colaboración de Poseidón en el asunto Lacoonte. 

—No hay comida desde hace cinco días —murmuró alguno desde el fondo cavernoso. 

—Ah, ¿no? —replicó Ulises hundiendo su mano desesperada en las heces, una bandada de moscas zumbó concentrando la atención de todos los allí presentes—. ¿Qué es esto acaso? —y con un movimiento teatral se la llevó lentamente a la boca y comenzó a masticarla con mucha lentitud, sin gesto alguno de disgusto. Al mismo tiempo repetía, mentalmente y en vano, un salmo a la Argiana para que convirtiese aquella bosta en el paladar en su fruta granadina.

El nuevo silencio surgido del estupor se quebró muy pronto:

—El agua se acabó hace varios días, el sol nos abrasa sin piedad, mortal sed nos fulmina...

Odiseo creyó reconocer la voz de Trasimedes de Neleo; en su interior lo maldijo y lamentó haberlo convencido de no embarcar junto a Néstor. 

—Traed a mí el ánfora de las aguas menores —respondió decidido a no claudicar. Al ver llegar el recipiente pasó saliva y sintió una nausea profunda, que habría hecho desistir del noble cometido a cualquier mortal libre de vocación heroica. Sin mediar más palabras bebió de ella unos sorbos y la pasó al resto de sus discípulos, diciendo:

—Tomad y bebed todos de él... Espero no oír más quejas. 

El interior se conmocionó, la mayoría de los hambrientos griegos tanteaban el suelo buscando alimento con que imitar a su esforzado líder. Otros se disputaban el honor de beber del ánfora. Ulises se dirigió a un extremo y se reclinó contra lo que desde el exterior correspondería al pecho del equino. Meditabundo, le echó un vistazo a las ataduras de Meríones, quien había sufrido de un fuerte ataque de claustrofobia tres días atrás y había estado a punto de revelar su existencia dentro del potro a los centinelas. Pensó, que de haberlo matado habrían tenido carne fresca para alimentarse mientras esperaban. No obstante, reconoció la importancia de mantenerlo con vida pues era el especialista en cerrajería de la expedición; sin él quizá no podrían abrir la puerta de la muralla. 

Todo lo había calculado bien, hasta la búsqueda e inclusión de Filoctetes y su infalible arco que abatiría a los centinelas nocturnos cuando el caballo hubiera ingresado al recinto. Con ello mató dos pájaros de un solo tiro; satisfizo las exigencias del oráculo y se resarció por haberlo dejado más de diez años abandonado en una isla en medio del Egeo. Claro, pero nadie iba a prever tantos inconvenientes: cómo presagiar que Lacoonte y Casandra se darían tantas mañas para retrasar todo tipo de aprobaciones oficiales tendientes a acreditar los certificados de origen, peritajes, permisos aduanales y vistos buenos para la importación del caballo en la ciudad. No había vituallas que alcanzasen para sobrevivir semejante trámite burocrático. Por otra parte, había que darse por bien servido, pues hasta el momento nadie en la ciudad estaba convencido de la necesidad de un aforo físico; tan sólo habían surgido ideas sueltas, como la de destruirlos a hachazos o despeñarlos sobre el mar... Cosas de ese resentido ministro de Apolo. 

Él, Ulises, el hijo de Laertes, soberano de Ítaca, había asumido el riesgo y veía que todo se desarrollaba en su beneficio. “Anteayer abuchearon a Casandra en el templo; ayer dos serpientes dieron cuenta del sacerdote tramitómano y sus dos hijos. Debemos estar cerca. No hay que desesperar,” pensaba.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por los primeros vómitos del festín. El olor a bilis e inmundicias le hicieron volverse hacia los comensales. Varios aqueos, a horcajadas, volcaban en concertante de moscas sus estómagos sobre el piso. Caminó hacia ellos y les pidió controlar el volumen de sus estertores, pues la guardia troyana estaba siempre atenta. Justo en ese instante, de afuera se escucharon varios golpes sobre los tablones y una voz femenina que cantaba llamando a Meríones. 

—¿Quién puede ser? —preguntó Ulises desconcertado.

Menelao se estiró hacia uno de los respiraderos para ver hacia el exterior. 

—¡Es la zorra de mi mujer! —dijo espantado— ¡Dioses! Está imitando la voz de la esposa del cerrajero.

Meríones, quien convulsionándose como energúmeno y con sus ojos desorbitados exigía que lo desataran, fue sujeto por dos dánaos. Ulises se asomó por otro agujero para ver cómo Helena iniciaba su primera vuelta alrededor del caballo entonando cadencias elegíacas. El efecto fue avasallador, hubo necesidad de un tercer guerrero para ayudar a la sujeción del claustrofóbico en sus espasmos.

—Debe estar poseída —dijo Ulises para consolar a Menelao, aunque era conocedor de los desmanes de la calenturienta fémina (esa misma versión, la de la posesión divina, se la contarían a Telémaco tiempo después), para luego ordenar a sus hombres con un fingido sotovoce— ¡Qué nadie se asome a los respiraderos!

Afuera, la dama “raptada” daba comienzo a la segunda vuelta, su voz era capaz de atraer a las abejas, “Menelao, Menelao ven a mí”, ronroneaba mientras sacudía a cada paso las caderas. La guardia teucra estuvo a punto de perder el control. Sólo la mirada de un fiero y celoso Paris les hizo desistir de su deseo de abalanzarse sobre la voluptuosa reina.

—Ese maldito troyano es un... —musitó en el interior del caballo el marido ofendido por la presencia del raptor y amante de su cónyuge. Tamaña rabia contenida le concedió inmunidad total a las vocecitas y devaneos.

Mientras, los soldados aqueos, presintiendo el peligro, habían vestido sus armas y vigilaban las posibles entradas del enemigo. Los sinuosos tonos de la cuñada del difunto gran Héctor, empero, los cautivaban. Odiseo, consciente de la trampa que le tendían los dioses defensores de Troya, se mantuvo en el centro, justo al lado de Anticlo, quien fue llamado por la ardiente griega al dar inicio a su tercera vuelta.

—¡Por Zeus, es mi mujer! —susurró Anticlo, dejando caer su espada. Diomedes con gran agilidad la atrapó justo en el aire. Ulises se acurrucó con velocidad de rayo, sumergió su mano en el caldo infecto que parecía burbujear sobre el piso y la colocó sobre la boca de aquel que estaba a punto de salirse de casillas y gritar. 

—¡Prudencia! —le cuchicheó al oído mientras lo sujetaba con fuerza—. ¡Santa Palas, Socórrenos! 

Anticlo, que tenía los bríos de un toro ansioso de los favores de su consorte, no estaba dispuesto a ceder al control de Ulises. Durante el forcejeo los dos rodaron por el piso. Por fortuna, el estruendo no fue oído por la guardia pues su embeleso igualaba al de los griegos, quienes sólo tenían oídos para la seductora Helena. Paris, harto ya de los piropos chabacanos que empezaban a proferir sus conciudadanos, espoleó su corcel, alzó con su querida y cabalgó en dirección a la ciudad. Iba a tal galope que casi saca de la vía a un heraldo que bajaba con decisión por la Avenida del Caballo de la Victoria, como acababan de reinaugurar aquel bulevar.

Adentro, Anticlo y Ulises libraban ahora un silencioso combate cuerpo a cuerpo. El primero llamaba a su jefe, “comemierda”. Odiseo se defendía exigiendo la “obediencia debida” y esas cosas. La soldadesca, que renegaba de las promesas incumplidas, se puso de parte de Anticlo. Menelao, quien sin mucho convencimiento seguía fiel a Ulises, ofreció al gran Zeus dos bueyes en perfecta hecatombe, para ver si se libraba del linchamiento que se veía venir como consecuencia de esta lucha, literalmente, intestina1. Diomedes, mucho menos religioso que el espartano, se mantenía fiel por los compromisos adquiridos con la dirección. Los sublevados separaron a los combatientes. Odiseo, Menelao y Diomedes se vieron de rodillas en el centro del habitáculo rodeados por la tropa que, sin consideración de ninguna naturaleza, les amenazaba con sus bronces. Anticlo, una vez erguido, empuñó su espada cuyo canto posó, en señal de victoria, sobre el cuello de Ulises. Sólo había que esperar el golpe final.

Todo terminó, de repente, con el crujir de las maderas del caballo. Los troyanos, dirigidos por un heraldo de penacho empolvado y con una licencia de importación en la mano, empezaban a empujarlo hacia dentro de la muralla. El trámite había llegado a su fin. Acto seguido, los amotinados regresaron sus armas a los tres humillados líderes. Anticlo les dio un par de palmaditas en el hombro a cada uno, una forma de pedir perdón y a la vez de limpiar algunas partículas excrementicias que se habían pegado a las armaduras. Tras recibir la tácita indulgencia de los jefes, todos se recostaron contra las paredes para reponer fuerzas antes de que el ocaso esparciera sobre Ilión sus penumbras y trágico destino. Sólo el voraz fuego destructor volvería a iluminarlas. Ulises había vencido.

La moraleja esperada de tan conocida y, sin embargo, tergiversada e idealizada historia, es demostrar cómo en las hazañas no intervienen tan sólo los favores de los dioses, los empellones de la fortuna o la astucia (discutible) de los jefes. De la misma manera, antes de alcanzar su cometido, es menester de cualquier héroe comer mucha, pero mucha, mierda.


1, Tiempo después, el cumplimiento desmañado de dicho ofrecimiento lo tuvo varado en Egipto varias semanas.


JAIME PANQUEVA, nació en Bogotá, Colombia, en 1973. Desde 1998 reside fuera de su país. Ha radicado y adelantado estudios en Alemania y España, donde finalizó la Maestría de Estudios Latinoamericanos en la modalidad de Humanidades en el 2002. Reside en México desde el 2003 y ostenta también la nacionalidad mexicana. Su primer trabajo narrativo de largo aliento, Tribulaciones de Chinos en Indias, fue galardonado con el premio nacional Juan Rulfo de primera novela 2009 otorgado por CONACULTA y el INBA, y fue publicado en el 2011 por Grupo Planeta bajo el nombre de La rosa de la China. Su trabajo narrativo más reciente consiste  en una colección de cuentos El final de los tiempos, editado por Nortestación, 2012. Ha colaborado en las revistas literarias Letras Libres, Los Suicidas, revista en versión impresa y blog literario, UNI-Diversidad de Puebla y Parteaguas de Aguascalientes. Colaborador habitual del diario El Espectador de Colombia, en versión impresa y blog literario, del Diario del Istmo, Coatzacoalcos, donde publica de forma semanal en la sección Hebdomadario. Así como de El Sol de Irapuato, ciudad donde reside en la actualidad, y donde publica una columna de opinión semanal. Es colaborador de Casa de la Cultura y coordina un taller de creación literaria, además del programa de Taller de Escritura Joven de Irapuato. Recientemente obtuvo la prestigiosa Beca Shanghái International Writing Program 2014.

Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

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