20/4/13

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Carla Pravisani

Foto: Daniel Mordzinsky

Carla Pravisani

Nueve Poemas


NOSTALGIA POR LAS COSTAS


A Tania Hernández,
       la arqueóloga del Siglo XXIII
     


Bucear es perder el norte.
Olerle siempre el culo a la pregunta:
¿Qué habrá allí debajo?

La respuesta es simple:
Un coral de desgracias.
La muerte en elegía.
La descollante oscuridad.

Al fondo bien al fondo
ese anfibio chupador de caca,
esa cola negra que, solo cada tanto,
se ilumina.

Al fondo bien al fondo
Océanos y océanos de perturbadores
Mitos. Donde van y vienen
siempre nuevos los mismos.

Al fondo bien al fondo
el miedo en sangre, desconcierto,
ahogo. Gen inicial del universo.

Al fondo bien al fondo.
Una soledad hecha de piedra.
Luz descocida en hilos,
Seda incandescente
del olvido.

Arriba, en cambio,
El sol, el día, la playa.
Tiempo en arena, relojes
diluidos. La juventud erguida
en una tabla.

¡Oh, estupidez hecha nombre!
De ella, querida Tania, te resguardo.

¿Para qué nadar
como quién canta?
¿Cómo quién le suelta al agua
un código morse?




NOCHE

I
En la oscuridad
el mundo recobra su forma
cuando los dedos acarician
sin culpa
la insensata deformidad
de los cuerpos.


II

En el destello de las luces
el aleteo de la esperanza.



VÉRTIGO

Voy a tientas sobre la viga del mundo,
desde aquí se ven los pájaros muertos.
También sus alas: misteriosas voces que titilan,
empequeñecidas sombras siguiendo
el camino del aire.


TIERRERO

Es tierra, mucha tierra
La que se acumula debajo de mis pies
capaz de teñirlo todo con solo pasar
el dedo o la memoria.
Esa tierra es pintura, un paisaje abierto
donde corren todavía indios muertos.

Tierra con alma de montaña
Tierra en la que uno se desliza
como en una sombra hacia atrás:
hacia un lugar verde y sudoroso
porque las hojas sudan y suda el viento
o peor aún, no hay viento,
es la ausencia de viento la que suda.

Suda la tarde que cae plomiza
y roja sobre la tierra.
Dicen que es así porque es volcánica
y porque escupir es prodigioso:
allí crece cualquier cosa.
Dicen que es hierro y que por eso
los niños la chupan como a un helado
Dicen muchas cosas
de esta tierra abrillantada.
Mientras yo cada día digo menos.

Quizás porque prefiero el agua
Y la prefiero porque no da sed.

En cambio esta tierra pica.
Pican los pies cuando se vuelven hojas
y no hay jabón que borre
este tatuaje de pobreza.
Y pica la memoria porque esta tierra
es un mal designio:

Obliga siempre a volver a ella
como un náufrago de puertos.




SILENCIO

Corramos estas piedras
estos meteoritos del amor
que nos lapidó el cielo.

¿Sabías que aplastó los retoños?
Esos que sembramos hace tiempo.
¿Sabías que nuestros tallos
se quedaron secos?

¿No le dijiste a los Dioses
que pronto aquí crecería
un árbol frondoso y gigantesco?
¿Por qué este granizo?
 ¿Por qué justo aquí estos misterios?

Yo puedo con las palabras
pero no con los silencios.

¿Son acaso una mancha blanca?
¿Un escondite? ¿Un sueño?
¿Como se derrite el invierno?

¿Ocuparemos rayos equis?
¿Una máquina de aeropuerto?
Algo que nos detecte que es
todo esto que llevamos dentro.


SEÑOR, LADRÓN:

No extraño ni las tarjetas de crédito,
ni el dinero, tampoco mi identidad
 (de por sí bastantes conflictos me provocaba
esa nacionalidad tan desdibujada).

No le voy a mentir:
siento como si me hubieran
 extirpado el apéndice.
Una parte de mí que me dolía
pero que ahora me duele no sentir.

Por otro lado,
le agradezco haber despertado
 mi selva, mi instinto, mi fiera tan dormida
en los avatares de la rutina.

Pero de todo lo que se llevó
 (además de mi tranquilidad),
lo que más extraño es un cuaderno
que seguramente Usted
hojeó fastidiado.

Eso es lo único
verdaderamente irrecuperable:
esas hojitas rayadas.

Yo entiendo que para Usted
eso no tenga ningún valor,
pero para una desmemoriada como yo,
la vida perdida no tiene cura.

 Así que le ruego, tenga piedad.
¡Le suplico no lo arroje a un zacatal!
Haga un hoyo (no le tomará mucho tiempo)
y entiérrelo dignamente.

Mis recuerdos se merecen
un funeral justo.



DUREZAS

Aprendí a quererte
y admito que no fue fácil.
Estuve mucho tiempo bajo la lluvia
mojándome el alma.

Llorándome los sueños con un paraguas
Y todo fue un poco ingrato, un poco injusto
La luna siempre perdiéndose en la oscuridad
Arañándole su luz a la negrura.

Y yo con una piedra grande y filosa
dándome en el pecho de las cobardías
Rogando a Dios y al Diablo
 una segunda oportunidad
Para sumar más arena al desierto de morir.

Hasta que descubrí una cosa: que sos un cardo
Que te gustan las tierras profundas y los climas secos
Que necesitás poca agua y que eso es una gran ventaja
Que no te morís con el maltrato y que resistís buenamente
a las indiferencias.




EL ORGULLO DE LA “ERRE”

Mi hijo aprendió a pronunciar la “erre”.
Antes  todas las “erres” eran “eles”
y las palabras deambulaban
por su vocabulario infantil sin prisa,
como si alguien las hubiera recién despertado
y anduvieran todavía  en pijamas por la casa.

Ahora en cambio todas suenan a carro en marcha.
Cortan el aire con sus espuelas afiladas y brillantes.
Leopoldo las pronuncia con precisión de afinador.
Atrás quedaron los ogros, las madlastlas,
la calne, la cuchala, la lopa.

¡Si hubiera sabido que se irían tan rápido,
las habría cazado a todas con mi red de atrapar mariposas.
Para oler hasta el cansancio esa ternura de niño
tan impregnada entre las letras.


EL VACÍO DE LAS PALABRAS


¡Estar tan vacía me asusta!
Adentro de mí arrasa un viento huracanado
y se lo ha llevado todo y me ha dejado en silencio,
sin palabras.

¡Las palabras que son mi entretenimiento
mi refugio, mi llanto, mi destino!
¿Quién sabe adónde se habrán ido?
¿A cantar a qué coro? ¿A reír con qué nombre?
¿A sufrir sobre cuál espejo?

Se las ha llevado la confusión
el atolondramiento cotidiano
el ir y venir de los días y su insaciable afán
por vaciarme de sentido.

No sé ni cuando comenzó esta fogata
este incendio atroz, este desquicio.
pero se ha llevado mi tesoro más preciado
mi joya predilecta.

Y aquí estoy desvalijada y atontada
desnuda, estupidizada,
sin ganas de ser ésta.
La que espera. O la que escribe.




CARLA PRAVISANI, Poeta, escritora, periodista y directora de arte argentina nacida en 1976. Master en Creación Literaria. Ha publicado el libro de relatos Y el último apagó la luz (2004), el poemario Apocalipsis Intimo (Mención de Honor en el VI Premio Mesoamericano de Poesía “Luis Cardoza y Aragón”2010; 2a Ed. 2013); el libro de semblanzas y foto documental El Museo del Apodo (2012) y el libro de cuentos La piel no miente (Premio Nacional Aquileo Echeverría , 2012). Algunos de sus cuentos aparecieron en las antologías Pasajeros  en Arcadia (2000), Poetas y Narradores del 2010 (Instituto de la Cultura Peruana, Miami), y 12 relatos centroamericanos. Actualmente coedita la revista digital Literofilia.com

Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

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