1/6/10

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María Carolina López Sampaoli

María Carolina López Sampaoli*
7 Poemas Inéditos



CARTA DE ESMERALDA A SU DIFUNTA VENUS

No me alcanzó la vida para poder devolverte tu sabiduría con los hechos del amor.
Qué puedo decirte... Me siento trastornada escribiendo luego del sepulcro.
Deberían amordazarme, internarme lejos de la gente.
Yo no puedo igualarme a tu calidad de léxico y escritura, yo no soy escritora ni poeta.
Es cierto qué la gran parte de mi vida, sino es toda me la he pasado huyendo.
Intentando demostrar a alguien  algunos de mis méritos profesionales.
Me he perdido (El gran detalle).
Ahora ya no corro, no me escapo, es el momento dónde me vuelvo más débil y vulnerable.
Yo creía desafiar al tiempo, y  es absurda la paradoja: La vida tiene un tiempo natural que los mortales no podemos evitar...
Yo tenía un pensamiento: Creía que el amor se basaba en condiciones...
Y tú me has enseñado toda la vida con hechos que la única condición intrínseca del amar es el amor mismo y de eso se nutre y se  basta.
Nunca quisiste cambiarme, jamás me pediste que diera más de lo que era, así está bien mencionabas.
No era tú la que en mí no confiabas...

Decías: ...¨ La confianza debe estar en ti, pues eres el único ser capaz de convertir las cenizas del error en fuego de un nuevo comienzo¨ ...

Cómo agonizo mirando una verdad cuándo estuve preparada y simultáneamente la vida a vos te arrebataba.
Me la mostraste siempre, llorabas largas noches, es cierto desangrabas...
Yo no podía sentir tu dolor pues realmente lo único de lo que estaba pendiente era que los demás me vieran brillar.
Pensaba que con esto te salvaba, te rescataba de algún laberinto que sola deberías sortear.
Y yo misma lo fabricaba, me lo inventaba.
Creo que no puedo buscar una cascabel y seguirte en tu destino.
Supongo que aquí he de quedarme sintiendo el dolor insoportable de la pérdida, de la que tú en carne sufrías, sólo luego de ello tendré el derecho de marcharme y poder acompañarte.
Ahora lleno mi copa del líquido rubí que tanto te deleitaba y brindo en tu honor.
Te amo mi único y gran amor.


CARTA DE EVA A ESMERALDA.

He quedado vencida en la batalla, Venus era mi tesoro más preciado.
Ella tenía la fortaleza de miles de corceles pura sangre desbocados en el alboroto del mar.
Contigo no pronuncié palabras amorosas, ni llantos malos habidos.
Cuándo las palabras no sirven para decirnos nada, apelo al silencio, entonces por descarte, por oposición debes tener la valentía de la aceptación.
Nadie creo amo a Venus más qué yo...
Te fuiste aquel verano infernal, dónde te la encargué encarecidamente.
Y mediante mentiras seductoras, manipuladoras creaste para ella las escenas de tu estúpida actuación.
Venus miraba la belleza en un rayo de sol, en un suspiro, con su mirada uno sabía si ella realmente besaba y abrazaba sin siquiera hacer nada.
Tenía el alma desplegada más allá de los confines del mundo.
Los niños le hacían muecas de las ventanas, jugaban a las escondidas en las plazas.
En la bahía una vez una perra cimarrona con dos crías hambrientas la asaltaron al día.
Ella no dudó, la miró fijamente, inmóvil, los ladridos y los dientes del animal se embrutecían cada vez más, ella seguía firme esbozando esa mirada de ternura, sabía qué las caricias no servían para la hambruna salvaje, aunque confió en aquellas debilidades qué alguna vez había tenido.
Sólo eso bastó para qué la cimarrón de a poco comenzara a congojar y cómo gato mimoso fue acercándose de a poco a sus manos calientes para sorber la ternura de las caricias qué Venus emanaba.
Conociste a Abril la perra manto negro de la qué habla esta pequeña historia.
¿Dónde estabas Esmeralda cuándo Venus agonizaba de fiebre buscando en el mar tu mirada?
Yo debí aceptar qué ella había elegido amar una idea: El que tú regresaras...
Sin embargo la qué dormía, se bañaba, le desanudaba aquel cabello entre canela y mantequilla largas horas no eras tú.
Quién untaba su cuerpo avasallante, exuberante con aceites de rosas y sándalos haciéndole suaves masajes.
Y bebernos descontroladamente en nuestros cuerpos el licor de crema y chocolate, buscando mediante el juego el éxtasis de la seducción: La pasión, para terminar haciendo el amor frente a un espejo qué reparaba la imagen del desamor.
No eras tú tampoco.
La carta la enviaste, deberías estar en esas noches delirantes para escribir a alguien que murió.
La vida no es soñar así...
Venus soñaba la realidad del amor, amaba a todo ser sin prejuzgar.
Amaba el don de vivir y volar, era un águila dorada, planeando en el aire, con sus ojos fijos en la tierra esperando al acecho una víctima para mostrarle su verdad.
Pues: ...¨ Las experiencias son intransferibles...¨
De lo contrario la vida quedaría exenta de sentido.
Ella era un ser libre por naturaleza, rescindía de los apegos, no le gustaban las competencias, degustaba de la unión y la fuerza implícita en ella.
Sólo luchaba consigo mismo sintiéndose incongruente con el resto.
Creo que intentaba ser más humana.
Ella vivió la vida cómo nosotros no sabemos, alcanzó la gloria en la tierra.
Seguía viviendo porque te soñaba pero me lo demostró ciertas veces: Era a mí a quién amaba.-


CARTA DE VENUS A ESMERALDA

Me es difícil escribir con el dolor en el cuerpo, mis manos envejecidas por tanto arrancar plumas de gansos y mojarlas en una sustancia pegajosa,  han quedado derruidas.
La joroba en mi espalda, los huesos doblados de agonía hablan por sí mismos.
Un viento suena en el altillo, las palomas han quedado posadas en los cables de teléfono, aguardando la tormenta.
Es el único acontecimiento qué se presenta desde la pequeña ventanilla que  te recuerda, es la imagen del olvido.
El teléfono oscuro que me regalaste para enviarte mensajes de humo sigue preso de un ruido sonoro que al volar los panaderos en primavera me susurran tu llamado.
La certeza en su altivez se postula granadera, casi muda, cómo cuestionando tu presencia.
Siento frío, tiemblo.
Nadie está en la bahía, la marea está más alta y va carcomiendo la arena.
Tu huella, el corazón en las piedras fueron engullidas por la tardanza.
Las olas de aquella sudestada no han dejado ni siquiera un vestigio de nuestro barco de piratas.
Ahora intento encender el fuego, y estoy tan helada qué la salamandra se niega a regalarme la velada.
El mar está hoy tranquilo, un viento norte ha suavizado el oleaje marino.
Tiene un color distinto, petróleo.
Del oeste la tormenta atraca la tranquilidad.
Un nubarrón se impone oscuro, casi ópalo.
Cómo turmalina negra avasallante es corrida por el viento qué no  ausencia  su rugir.
Se interpone a la calma.
El desenlace Esmeralda para qué habría de esmerarme en contarte los detalles...
Ahora me tapo con mi ruana lila y verde tejida por vos misma.
Tiemblo.
Si pudiera ver el fondo, diría qué en el horizonte un sol moribundo se ahoga en llantos, destellando pequeños reflejos anaranjados.
A esa  pequeña parte del cielo le siguen algunas nubes rosas y violetas, cómo acompañando al señor en su naufragio.
Sobre el costado izquierdo asoman pequeños puntos luminosos, deben ser estrellas...
En el medio del paisaje va subiendo el hada de plata embarazada.
Creo disipar a lo lejos su cara, un ojo cerrado cómo guiño, el derecho más abierto sobre mi cara.
Siento más frío aún.
¿La muerte es tan helada?
Me desangro cómo infinitos pétalos disecados.
Rojo y negro en el alma.
Comenzó a llover lentamente, puedo dibujar por la humedad tu nombre en la ventana.
Gotas amontonadas sobre el vidrio se han declarado huéspedes de mi alma.
Miro en derredor, estoy sola en el vacío de la noche.
El canto del búho es mi compañero, la salamandra está haciendo sus intentos.
Le es difícil a la llama incorporarse por  las ráfagas.
Aguarda, creo qué hay más de una invitada.
Escucho un ruido a sonajero, una cascabel avanzando por el suelo.
No me muevo, siento la cercanía.
Te escribo, nota mi alboroto.
Estamos libres del miedo.
Está cerca repta, se arrastra, vuelvo mi mirada.
Me desafía con dos luceros penetrantes en llamaradas.
El faro se encendió repentinamente.
Me estremezco.
Un ardor en mi tobillo punzante.
Tengo calor ahora transpiro, me ahogo.
Sube una fiebre aniquilante que me recorre todo el cuerpo.
Me contorsiono, duele más, tengo frío, tiemblo...
Sólo te quería contar una vez más: Que nunca te he dejado de amar...

LA NIÑA EN LA VENTANA

Observé  su silueta detrás de la cortina, borrosa se contorneaba en la vitrina de la noche.
Cantaba, arrullando mis penurias. La espuma recorría el esplendor de su niñez, se avergonzó ante mi profunda mirada, sus pómulos rojizos, su piel inmaculada, siguió cantando cómo si no pasara nada, me cantó sus versos invitándome a danzar con ella en el agua.
La seguí suspicazmente, sus luceros verdes podrían desangrar ante aquella intimidación, pero se calló. Finalmente un fluido incoloro, el baile seguía acunando nuestras lenguas, sin respiros, movimientos descendientes, ascendientes, suspiramos al unísono.
Mis ojos no alcanzaban a contemplar tan delicioso paisaje, la desnudez íntegra de su cuerpo escultural, el bramido de su sexo, su digna y aún menospreciada agitación.
Nos entregamos al encuentro, lamiendo los contornos de ambos cuerpos.
Nunca cerró sus fulgentes y hechiceras lunas, se marearía en este caso, me observaba obscenamente, volviendo a comenzar de acuerdo a todas las ganas insensatas, adeudadas aún no saldadas.

LA VENUS DEL EVA

Caminas dejando en derredor sensualidad que respira.
Que transpira por  poros ocultos.
Y osas de creerte ingenua no percibiendo el halo de gacela.

Quisiese ser cazador para mutilar ese dejo que me hechiza.
Quisiese desenmascararte deshojando la pelusa.
Exprimiendo la última gota que me lleve a tu carozo...

Descubrir el alma de la pepita amarga al desnudarte.
Morderla embriagándome de tu almíbar.
Saciarme quedando sin fuerzas para emprender mi ruta.

Volviendo en cada instante de tus caprichosos deseos.
Masajeando a regañadientes el impedimento que interpongo.
Rumiando la imagen que he bordado en mi almohada.

Cristalizándome en partículas de calcio.
Formarme en concha ,en otro caracol que aguarda.
Asegurando el resguardo del recelo que atestigua tu tesoro...

OCTAVO DÍA

He visto, olido, tocado, sentido la muerte cerca, demasiado encima.
Su mirada vacía de significado, su neutro olor, su desprovista silueta.
Escurridiza, furtiva al igual que el jugo diáfano que emigra al permanecer su hollejo.
Es la nada inmutable, el absoluto silencio, el olvido...
Todo lo descripto queda absorto, toda forma perece, ni siquiera susurra remanso... Todo lo que pueda nombrar es innombrable.
Nada es nada...Ruido, aturdimiento son irrelevantes en el no recuerdo...
Ya que ella me ha besado  temo a los vivos...
A tus coquetas propuestas...
A tu mirada  que me hace evocar la espera del oleaje confluyendo con el horizonte gris.
El parto de la onda perfecta siendo parte de la inmensidad.
Surgir un ser acero, pura magnificencia, corrompiendo mi cuerpo al cubrirme de espuma.
Equilibrarme en su fuerza que me arrastra, en su rugir, en la música celestial que la soledad del océano me regala....
Nacida entre nosotros nuevamente dejando de reivindicar este onanismo

Me entrego contigo a disfrutar esta vida terrenal.
No escribo más... Vamos a disfrutar?
Dame tu mano, toma la mía, hagamos garabatos... Estoy de vuelta, acá.


RACIONALIZANDO LA TEMPESTAD IV

Humores


Amaneció con sus vísceras revueltas, un sudor helado recorría su espalda, gotas de transpiración bajaban de sus pómulos deformes.
Sus miembros yacían dando revoltijos sobre el suelo. Arañaba arrastrándose sobre el parquet húmedo cubierto de su propia y gelatinosa supuración.
Las sondas estaban esparcidas por la habitación, apoyó su mandíbula en el suelo empapado de sabor excesivamente salado y se relamió.
La envergadura de su desgracia no tenía un parámetro de racionalidad al hecho acontecido.
Con el único ojo encapotado vislumbró el brutal elemento con el que había sido asediado.
Un rastrillo negro como la guadaña se erguía en el vértice inferior de la pared.
Restos de cabello, polvo y la órbita de uno de sus ojos contenían los filosos dientes.
Un ensordecedor rugido rechinaba en sus oídos, temblando pálidamente al vislumbrar el escenario de la mutilación que acontecía.
El péndulo del reloj sonaba dando su tañido con más vehemencia que lo habitual.
Ya nada era hábito en la habitación ensangrentada en penumbras.
 Un rastrillo negro como la guadaña se erguía en el vértice inferior de la pared.
Restos de cabello, polvo y la órbita de uno de sus ojos contenían los filosos dientes.
Un ensordecedor rugido rechinaba en sus oídos, temblando pálidamente al vislumbrar el escenario de la mutilación que acontecía.
El péndulo del reloj sonaba dando su tañido con más vehemencia que lo habitual.
Ya nada era hábito en la habitación ensangrentada, en penumbra.
Se incorporó a tientas, enceguecido por un tumulto de voces discontinuas desde el respaldar de su cama. Jadeando excesivamente, entre vómitos oscuros de bilis, meneando su cabeza sin eje.
El furor entró nuevamente, recordó fragmentos del episodio, llegó finalmente al recodo del espejo,  el frasco de litio estaba vacío, vidrios rotos alrededor, no pudo contemplar la imagen del ensueño.
Finalmente:   Ocultó todos los espejos, enterrando las fantasmagóricas imágenes del pasado.




* Los datos biobibliográficos de la autora puede el lector interesado consultarlos en el post del díajueves 29 de octubre de 2009.

Mónica Delia Pereiras

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

1 comentarios:

Máximo Ballester dijo...

Me gustan los materiales que usás, carolina. Hay dolor y búsquedas y ese juego que abrís con Eva. Muy interesante. Me encantó sobre todo "Carta de Venus a Esmeralda".
Gracias.
Besos.

 

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