27/9/14

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Daiana Henderson


Daiana Henderson
Poemas



Sigo encontrando cierta dicha
en ir en bicicleta hasta tu casa.
Remar no se trata de llegar a la isla,
es disfrutar el trayecto
–dijo Ricardo cuando nos enseñó.
Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva.
Bajo los cambios para subir.
Después,
apoyo el peso del cuerpo en los pedales
y me dejo caer en picada.
Se entretejen nudos en los pelos
cuando se ponen a flamear hacia atrás.
Las construcciones van perdiendo altura,
una estela de humo atraviesa el cielo,
dibujada con la punta de una fábrica.
Aterrizo en la entrada de tu casa. Las cosas
andan bastante mal ahí adentro
o en cualquier otro reducto
que tengamos que compartir.
Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes,
pero si insisto, es porque la distancia
fabricada entre nosotros
es tan hermosa y delicada
como ningún otro trayecto
que conozca hasta ahora.



Más de lo mismo
En una foto adolescente,
un corte de pelo fugaz
que duró menos de una temporada.
No lo recordamos,
pero qué bien nos quedaba ese casco.
Es imposible volver,
es otro color, otra forma,
es otra cabeza.
Prendemos el televisor
como esperando enterarnos
que, de repente, ha pasado algo con nosotros
(las cosas que nos pasan
les pasan a otros).
Nos fuimos dejando,
dejando un hilo de baba
en nuestro arrastre.
Ya ningún atardecer puede atraparnos
aunque uno finja.
Se va, se va el sol,
se va,
y va a volver todos los días
¿qué es lo que tiene de “guau”?
Las cosas se van y muchas veces
no se despiden.
Yo, mientras, sigo intentando encontrar
lo que ya tengo.


Bicicleta

Cada uno de los caminos es un túnel
vallado por árboles de distinta especie.
Andá a saber dónde nos llevan.
Clava el talón en el ripio y dice
“¿adónde queda el atardecer?”.
Hay que agarrar por la derecha.
Llegamos a donde se termina todo,
con esfuerzo.
Debemos atrapar el sol,
hay que alcanzarlo.
Está nublado pero podemos
percibirlo triturar los últimos
papeles aluminio de la ruta
paralela al horizonte,
atrás de la plantación que ahora es verde loro,
pero en una época del año, me dicen,
vienen las niñas de 15 a fotografiarse
al campo dorado de trigos.
No me entra la realidad en los ojos
y quisiera que el mundo sea sólo esto.
Bastaría.
No habría mayor necesidad, excepto
abrigarse cuando oscurece,
compartirlo.
De vuelta, voy esquivando con la bicicleta
pozos de agua sedimentada.
Me creo lejos de las obligaciones, acá.
Pero vuelvo cargando la mayor
de las responsabilidades: escribir
el poema más hermoso.



La única foto que queda
de los dos, es una, abrazados,
sacada con el celular.
Voy a ampliarla,
a imprimirla en una
gigantografía.
Vernos hechos de pixeles.
Cientos de partículas de colores
que alguna vez conformaron
una imagen que se parece
a nosotros dos abrazados.
Ahora juntás tus pedazos,
-después de la última discusión-
y te vas a armarte a otro lado,
junto a otra, en otro soporte
y en buena definición.


En una cocina de Rosario

Dos lucecitas verdes del módem en la oscuridad
titilan como si estuvieran asustadas.
Del freezer sale un ruido de viento polar
que me hace pensar que hay mundos
adentro de las cosas.
Adentro de la compu apagada
está Eugenia que se fue a España
con su familia durante la crisis
y no pudo volver nunca,
está Agu en Buenos Aires
tirado en la cama, pensando
con qué reemplazar el cigarrillo.
En mi celular sin crédito
hay varios mundos bloqueados:
en Paraná mi hermano que va a ser papá,
el Luchi volviéndose a Santa Fe para pensar todo de nuevo,
mi abuelo que a seis años de la muerte de mi abuela
volvió a vivir a su casa de Villaguay.
De la ventana para afuera hay en algún lugar un ex
que no dejo descansar en paz como los muertos
porque no nos perdono.
La luz amarilla de la calle
entra al cubículo de la cocina
para diferenciarme de la mesada
sobre la que me siento.
Apoyo la cabeza en la alacena
y hago shhh a las decisiones postergadas
y a la conversación que me dice
hay que ocuparse más y preocuparse menos.
Ya sé.
Ya sé todo lo que me van a decir y no aprendo.

Hay un agujero redondo con cables en la pared
esperando a que algo haga conexión.

Voy a la pieza, Lucha duerme,
la espera una semana difícil, pero duerme,
quiere decir que al menos ella
está en un mismo lugar.
Me acuesto mirando al revés la ventana
y pienso si las estrellas servirán para algo.
Cuando éramos chicos servían para decirnos
que ahí estaban los seres queridos.
Me gustaría verlas como perillas,
saber por qué no puedo conciliar el sueño,
saber en qué ciudad estoy
que no puedo estar acá, durmiendo.



DAIANA HENDERSON, nació en 1988 en Paraná, Entre Ríos. Es estudiante de Comunicación Social en Rosario. Publicó la plaqueta Colectivo maquinario (2011), y los libros de poesía Verao (2012) y El gran dorado (2012). Fue invitada al XX Festival Internacional de Poesía de Rosario. Codirige el fanzine de poesía Pegaláctico, con amigos de Paraná. Lleva a cabo, junto a Gervasio Monchietti, el Ciclo Virósico de poesía, mensualmente en distintos bares de Rosario.

Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

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