29/10/09

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Leandro R. Puntín


Leandro R. Puntín
Dos Relatos Íneditos




PAYASO PASTANDO


Nunca me asusté tanto como aquella madrugaba de abril, cuando grité: "¡Mirá, un payaso pastando!", y José cayó al suelo de rodillas, quedándose sin aire. Recuerdo que eran las dos de la mañana y estábamos sobre un camino de tierra a diez kilómetros del pueblo. En un principio, pensé que estaba jugando conmigo, pero enseguida Juan me recordó que José padecía coulrofobia.

-¡Sos boludo! -me gritó.
-¡No me acordé! -le respondí-. ¡Te juro que no me acordé!

Al otro lado del camino, en un campo desierto, se veía un árbol; un gran tronco encorvado hacia delante con dos ramas que hacían de brazos y unas pocas hojas en la copa que -a la luz del sol nocturno- daban la ilusión de ser una melena. El tronco se ensanchaba cerca de las raíces y daba la impresión de tratarse de unas caderas gordas. En pocas palabras, aquel árbol se me antojó un payaso. La matraca y la nariz roja vinieron luego, cortesía del alcohol. La locura de que estuviera pastando...bueno, no tengo ni idea de donde vino eso. Quizá por la forma en que el árbol se encorvaba hacia la tierra. O, simplemente, porque estar en el campo siempre me hacía pensar en vacas.

-¡Dale agua! -le grité a Juan, que llevaba puesta la mochila con las provisiones del campamento.
-¡No! -exclamó él-. ¡Dale el inhalador! ¡El inhalador!
José no era asmático.
-¡Dejá de decir pavadas, querés! ¡Dame el agua!
Nuestro amigo jadeaba con violencia, el pecho se le expandía y contraía con tal velocidad que creímos que los pulmones se le saldrían disparados por la boca. Le di un poco de agua e intenté calmarlo con palabras.
-Era una joda, José, no hay nadie atrás del alambrado...
-Sí -intervino Juan-, es un árbol, nada más.

El cielo se llenó de estrellas y la respiración de José comenzó a estabilizarse. Al rato, se puso en pie y continuamos nuestro viaje. Durante el trayecto, me sentí terrible; casi había matado a uno de mis mejores amigos por hacer una de mis bromas estúpidas. Un malestar en la boca del estómago no me dejó dormir durante días. No obstante, me sentí mejor una semana después.
El que José fuera asesinado por un payaso en su propia carpa, dos noches más tarde, ya no tenía nada que ver conmigo.

Aun si fuera cierto que le habían hallado pasto en la garganta, donde, según las malas lenguas, le habían arrancado la piel a tarascones.


MARTES



Y ahí estaba yo, contemplando la oscuridad. Un camino de hormigas se abría paso bajo mis pies, mientras que el maullido de los gatos me recordaba a los llantos de un bebé. La noche me tenía un regalo al final del sendero. No eran cucarachas, lo sabía muy bien, tampoco arañas ni comadrejas. Era algo deforme, un ente creado de residuos y la más burda descomposición. Un cuerpo que no respiraba, no articulaba, no mostraba debilidades ni destrezas. Algo tan simple como mórbido; básico pero difícil de explicar.

-Odio hacer esto -me dije mientras movía un pie y daba comienzo a mi desgracia.

Caminé por el sendero de ladrillos hasta el fondo de mi patio, como era habitual. Debía atravesar un oscuro pasaje inundado en sombras y quejidos de animales que de día eran invisibles. Que de día no existían para mí.

La luna se alzaba grotesca sobre el cielo; me miró y le devolví la mirada; estaba lo suficientemente cerca como para ahogarme en sus imperfecciones. Pero como lo había comprobado centenares de noches antes, no podría despegar los pies del suelo hasta que acabara con mi encomienda.

Continué erguido, aunque aterrado, por el fondo de mi casa. La criatura estaba lejos, la tierra se retraía bajo mis pasos como si me hubiera encontrado parado sobre una lengua. Era inevitable, ambos sabíamos que acabaría en su estómago.

No. No se lo permitiría.

Levité lentamente hacia ella. Él. Eso.

El hedor me envolvió y mis narices lo repudiaron. Estaba cerca y nunca olía mejor que la madrugada del martes anterior. Me coloqué los guantes de goma y lo tomé por las fauces, por los pequeños orificios que se hundían en su cabeza. El monstruo putrefacto no dijo nada mientras lo arrastraba hacia la luz artificial de un foco antirrobos. Exhausto por el peso incontable de almas animales y desperdicios que reposaban en su interior, lo dejé sobre el borde de la calle.

El camión de la basura se lo llevaría al día siguiente.

Mónica Delia Pereiras

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

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