30/9/09

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Leandro R. Puntin

Leandro R. Puntin
ATHOS & CLEO




I

SALTOS EN EL TIEMPO


Nos unía la natación. El deseo casi sexual de sentirnos húmedos y superiores a los demás. Athos aguantaba la respiración como, si al nacer, lo hubieran encubado bajo el agua; y Cleo nadaba cual sirena con los siete mares recorridos. Ambos se complementaban el uno al otro y ninguno se convertía en piedra cuando era derrotado. Ya que, como suponen algunos pensadores modernos, ninguno fue derrotado jamás. Algunos dicen que fueron simples humanos con habilidades extraordinarias -trabajadas sobre la base de ejercicios y dedicación-: otros, que esta pareja, descendida de los griegos, era un ser mitológico. Que ambos formaban una divinidad. Que separados no eran nada.
Y en cuanto a mí, nada también, yo vine después.
Dentro de una semana, Athos y Cleo cumplirán noventa años. No es fácil contactar con ellos y, mucho menos, hacerles hablar de su pasado. Se los recuerda como un mito, se escribe sobre sus habilidades en la literatura local y son objeto de debate entre ciertos dogmas religiosos. Son una sombra que se escabulle; el sol que muere cuando cae la noche.
Una mañana de diciembre, mi padre me llamó a su laboratorio. Mi viejo era fanático de la mitología griega, el paganismo y, a su vez, el mejor científico que este país haya podido tener. Me confesó que había descifrado las coordenadas para romper con el espacio-tiempo y que, si yo aceptaba, él sería capaz de enviarme al pasado. "¿Para qué querría volver atrás? Me gusta la vida que llevo", le dije. "No es para cambiar tu futuro, sino el mío. Necesito saber si Athos y Cleo fueron divinidades". En aquél momento, yo, tenía doce años y no me percaté enseguida de que al cambiar su pasado, inevitablemente cambiaría el mío, por lo que acepté su propuesta y viajé; salté por un tubo negro hasta la década del cincuenta.


-Siempre soñé con esto -exclamó una voz emotiva de ojos azules desteñidos y mi mismo mentón cuadrado-, lo mantuve latente en mi cabeza, por si las realidades paralelas fueran existentes. Yo creo que cada uno puede comunicarse mediante telepatía con su yo futuro, o con su yo pasado (lo que llaman Déjà Vu). Amé tanto este pensamiento que, de seguro, tu padre lo escuchó y supo que debía mandarte atrás en el tiempo. Yo no tengo miedo. No te conozco, pero sé que sos mi hijo.
Al viajar por el tubo dimensional, cerré los ojos, por lo cual no supe cómo había llegado a caer sobre la cama de mi padre, que ahora se veía como un gurí de doce años. El encuentro no me sobresaltó ni atiné a correr asustado. Ya sabía con qué iba a toparme. Él me había explicado cómo serían sus reacciones ante una situación como aquella, omitiendo un dato importantísimo. O quizás lo había mencionado, pero el dolor de cabeza que causa viajar a través del tiempo, no me dejaba recordarlo.
-¿Por qué yo? -le pregunté a su versión preadolescente.
-Sencillo -me respondió-, porque no tengo amigos. Y aunque los tuviera, un hijo resultaría mejor para compañía cuando se está en busca de algo. Nadie cree en lo que yo creo, nadie se atreve a investigar lo que yo quiero investigar. En esta época, si sos un pensador, te cortan la cabeza. Necesitaba discreción y a alguien de confianza. Y más que en mí mismo, siempre pensé en vos, sin siquiera saber si alguna vez ibas a existir.
-Acá estoy, ¿no?
-Sí, gracias a Hera.
Ahí noté que desde chico ya le había entrado a lo griego. Sentí un retorcijón en el estómago al percatar esa chispa de obsesión tan característica de su yo adulto.
Antes de que alcanzara a levantarme de la cama, me preguntó:
-Sabés nadar, ¿no?
Esbocé una sonrisa maliciosa y lo recordé todo. Clavándole mi mirada en los ojos, le contesté con presunción:
-¿No fue por eso que me mandaste?


La leyenda contaba que un barco navegaba hacia su muerte, guiado por el canto sensual de las sirenas. El navío logró salvarse porque uno de los tripulantes, con voz más esplendida y potente que la de las mismas nereidas, comenzó a cantar y aplacó los efectos de sus hechizos. Al ser derrotadas, estos seres acuáticos con torso humano, se convirtieron en piedra y se hundieron en las profundidades de un mar donde jamás serían halladas. Pero luego, según mi padre, alguien lo hizo y, en recompensa por ser liberadas de su prisión de mármol, el afortunado recibió dos hijos: morfológicamente humanos, pero con poderes ocultos que Poseidón les dio el permiso de exhibir.
Athos y Cleo se llamaron.
Fueron entrenados por su padre a las orillas de una isla, donde nadaban día y noche para convertirse en los mejores nadadores del mundo. Pasaron su infancia en el agua, oyendo historias sobre que su madre había sido la sirena más hermosa; con atributos tan seductores que no había palabras que pudieran describirla con precisión. Se decía que a los quince años de edad, Cleo ya nadaba, ida y vuelta, un trayecto de más de trescientos kilómetros de largo. A los dieciocho, Athos buceaba, sin equipos, hasta lo más profundo de la playa y se quedaba allí durante horas, meditando. A los treinta y un años, los gemelos sufrieron la muerte de su padre y decidieron mudarse de la casa de la playa. Se instalaron en la ciudad y es aquí donde tuve la oportunidad de conocerlos. Cara a cara.
-¡Ése es Athos! -me señaló mi padre, claramente sobreexcitado.
El joven era musculoso y tenía un cuerpo definido de talones a nuca. Medía algo así de metro ochenta y su sonrisa era perfecta. Sus ojos azules como el mar se mecían cual olas espumantes en una tarde de llovizna.
-¿Y vos pensaste que yo sería capaz de ganarle a eso?
-Por algo te mandé.
Odiaba cuando hablaba de su yo futuro en primera persona. Técnicamente, era lo correcto, pero de todos modos me molestaba.
-Soy bueno. Es más, soy el mejor. Pero tengo doce años. ¿Qué pretendiste al pensar que le ganaría a un adulto?
-Seguramente, te entrené de alguna manera para que pudieras hacerlo. Si no, no te habría mandado.
-Creo que tu obsesión no te dejó esperar a que yo fuera más grande.
-Eso también puede ser. ¿Qué hacemos ahora?
-Tengo una idea. Papá me dijo que de chico tenía un laboratorio casero en algún lugar de la casa. ¿Eso ya existe?
-Sí.
-Bueno, acá tengo los planos de su máquina del tiempo.
Diez noches después, fui enviado al pasado nuevamente. En cuanto partiera, papá chiquito tenía la orden estricta de romper la maquina; así todo quedaría en orden. Yo nunca existí en esa época y el invento que podría haber revolucionado al mundo en esos tiempos, tampoco lo haría. Todo seguiría su curso. Al menos, hasta que yo volviera con lo que me había propuesto ir a buscar.


II

LA SIRENA


Desperté con fiebre, sudando entre los matorrales. Ésta vez, sí que tuve miedo. El cielo estaba nublado y escuchaba el siseo de algunas serpientes merodeando por los árboles. Alguna habrá de haberme mordido porque, mientras sentía cómo la sangre me quemaba por dentro, veía borrosamente a alguien que me arrastraba hacia una casa de madera. Antes de desvanecerme por completo, pude sentir el ruido de las olas golpeando contra las orillas de arena. Y no mucho después, el de mi cabeza contra los escalones empinados de la cabaña. El dolor se intensificó de manera bestial, aunque duró sólo unos segundos: hasta que ya no pude mantener los parpados abiertos.
Tras una sofocante pesadilla en la que caía eternamente por un hoyo negro, comencé a percibir el olor de mariscos, pescado frito y café. Junto con el aroma, vino una voz.
-Hijo, eso es un mortal -creí oír-. Se enfrentarán a miles de ellos a lo largo de sus vidas, es por eso que debo entrenarlos para que sean los mejores. Ellos quieren verlos caer, demostrar que son superiores, y ambos saben lo que pasaría si alguno de ellos les llegase a ganar...
-Lo mismo que a mamá, ya lo sabemos -exclamó otra voz, con tono ameno y aniñado-. ¿Podemos tocarlo?
-No. Lo acaba de morder una serpiente. Cuando esté mejor, le preguntaremos si quiere jugar, pero ahora no. Corréte de ahí y andá, buscá a tu hermana que ya es hora de comer.
Cuando al fin los parpados dejaron de pesarme por el veneno del reptil, lo primero que capté fueron un techo de paja y cuatro personas frente a mí, sentadas alrededor de una mesa cuadrada. Tres eran niños, el otro un adulto fornido, con barba hasta la cintura y un tridente tatuado en el bíceps derecho. No tuve que esforzarme demasiado para darme cuenta de que la horquilla no era una alusión a Satanás, sino al rey de los mares. Me sentía cansado y confundido, pero con eso supe que había viajado al lugar correcto. No quise molestarlos así que me volví a dormir. En realidad, más por el dolor muscular que por otra cosa.
Al despertarme unas horas más tarde, me hallé solo en aquella casa. Clamé por alguien y nadie socorrió; me atreví a ponerme de pie y a servirme un vaso de agua de una jarra que había sobre la mesa. Bajo mis pisadas, el piso de madera crujía y, en algunas partes, sonaba hueco. Di pequeños pasos hasta encontrar esas áreas y me quedé quieto en un punto donde un escalofrío me decía que iba a caer... que el suelo se desmoronaría y que yo caería infinitamente... Dejé el vaso a un lado y apoyé una oreja sobre las tablas. Éstas me decían algo con una suave corriente que zumbaba por debajo de la casa. Fue como un canto armonioso sin palabras; una melodía que sólo yo podía escuchar.
-Es imposible -me dije.
Por puro instinto, salí de la cabaña y seguí un sendero que me llevaba hacia el bosque donde aquel hombre me había encontrado. Crucé unas palmeras y luego unos arbustos, miré hacia atrás para no perder de vista la playa y fue ahí cuando pisé la compuerta.
Un cuadrado de mármol, camuflado por ramas y enredaderas, me dirigió a una gruta oscura que descendía en caída libre. Recién luego de caer diez metros y fracturarme los dedos de la mano -tratando de frenar la caída contra los muros de tierra-, me di cuenta de que había una escalera.
La cueva seguía hacia adelante. La melodía comenzaba a tomar forma; ya no eran sólo ondas casi inaudibles, sino gritos; aullidos completamente desaforados. Con voz trémula me insinué:
-¿Quién está ahí?
Silencio.
-¿Hola?
Y al terminar esta palabra, un llanto desbocado volvió a cubrir el pasillo de la cueva. Reconocí a una mujer detrás de los sollozos. Lo cual me impulsó a adentrarme más y más en la oscuridad.
Llegué hasta una puerta y la crucé, sin siquiera sopesar en lo que podría encontrarme al otro lado. Tenía doce años y, estuviera en la época que estuviera, los impulsos siempre iban a resultar más rápidos que los pensamientos.
La dentadura afilada de un tiburón me dio la bienvenida. Si bien logré ahogar el grito al darme cuenta de que estaba disecada, mi corazón se tomó su tiempo para volver a su lugar.
Los alaridos continuaban persistentes desde un bulto en la pared, cubierto por una sábana.
El cuarto era pequeño, tenía una pecera inmensa con el agua tintada de un color carmesí, y bien al otro extremo, reposaba una especie de guardarropas. Un foco bamboleante dibujaba sombras extrañas contra el acuario. Algo que me heló la espina, puesto que no había manera de que entrara viento y lo moviera.
Poseído por la voz ronca y desmesurada me acerqué al bulto y jalé de la funda.
Un grillete de metal la sostenía del cuello y tenía la boca y ambos parpados cosidos. Aún así, gemía como si tuviera dos gargantas en lugar de una. Una chispa en mi cerebro me dijo que era el sonido de su espíritu queriendo ser rescatado. Ambos brazos estaban atados a la cintura, con los dedos también cosidos entre ellos. La recorrí con la mirada mientras me alejaba lentamente, para poder apreciar mejor la cola de pez que le nacía bajo la cintura... Algo en mí quiso creer que se trataba de una sirena, pero el ser era imperfecto, tenía una grotesca y despareja amputación que unía los dos pedazos como si alguien hubiese roto a esa mujer y, en su desesperación, hubiese tomado un carrete de hilo y unido ambas partes. El lado izquierdo siquiera se unía con la parte de abajo; ésta estaba podrida, no había conexiones nerviosas ni nada que hicieran de esos dos pedazos de carne un ser único y completo.
Pasmado, seguí caminando de espaldas hasta chocar con el ropero. Rompí un vidrio y del interior cayeron unas toallas ensangrentadas, una bolsa negra y dos bastones largos envueltos en sábanas de algodón. No quise tocar los envueltos, podía hacerme una idea clara de lo que contenían. En cambio, sí me atreví a tomar la bolsa, la cual me develó, en unas polvorientas fotos en blanco y negro, que Athos y Cleo no eran divinidades; sino hijos humanos de una madre mortal... Una mortal que había perdido algo más que solo las ganas de vivir.
El morbo que me resultaba entenderlo todo me hizo tambalear hacia los lados. No era la manera en que había pretendido resolver las cosas, pero las fotos de un parto primitivo y sanguinario, junto al posterior desmembramiento de la víctima, fueron suficientes para aclararme las dudas por las cuales mi padre me había enviado atrás en el tiempo.
La leyenda no era más que eso: una leyenda.
Volví todo a su lugar y me disculpé con la señora.
-Perdón -le dije mientras volvía a cubrirla con la manta-, pero no puedo ayudarle, no puedo cambiar el pasado; no más de lo que ya lo he hecho.


III

PAPÁ


Tuve que ocultar mis manos detrás de las almohadas para que el hombre no notara los moretones. Exageré al decir que me había roto los dedos; pero ¿qué más daba? Me dolían como la puta.
-¿Ya te encuentras bien, pigmeo? -me preguntó dándome la espalda y volviendo a su silla junto a la mesa cuadrada.
A pesar de su tono amable y preocupado, sentí terror de contestar. Había estado en su pequeño salón de juegos y no pude evitar pensar en él cercenándole las piernas a esa chica.
-Sí -balbuceé.
-¿Cómo llegaste acá, pigmeo?
-Me perdí en el bosque y después me desmayé.
-¿Qué hacías en el bosque?
-Buscaba la playa.
El hombre entrecerró los ojos y me dedicó una mirada furtiva.
-No muchas personas saben llegar hasta acá.
Aproveché su respuesta para jugarla a mi favor.
-Y yo no lo hice, usted me trajo.
Quedó en silencio unos instantes y luego sonrió.
-¿Te sentís mejor como para levantarte? Vení, te voy a presentar a mis hijos.
Me puse en pie y caminamos hasta las orillas de la playa. En ese preciso momento, ambos chicos estaban saliendo del mar. Los músculos de Athos no se asemejaban a los míos, pero pronto lo harían; y en cuanto a Cleo, era bellísima. Y cuando estuve lo suficientemente cerca, pude notar unos labios en forma de corazón, similares a los de la mujer encadenada a unos pocos metros debajo de nosotros. Ambos eran tímidos y algo estúpidos, como quien es educado para serlo.
En cuestión de segundos, un tercer chico apareció; venía bordeando la costa con un montón de leños que le cubrían la cara. Una vez junto a mí, los dejó caer y me sonrió. Me contuve para no pegarle una cachetada.
-Hola -me dijo-, ¿nos conocemos?
-Supongo que lo vamos a hacer -esbocé entre dientes y con voz cargada.
-Que bien. Soy Cesar, un gusto.
Al menos no mintió sobre su nombre. Tomó algunos leños y comenzó a armar una fogata.
-Pasamos las noches aquí -expuso el hombre-, los chicos entrenan toda la noche y yo los vigilo desde aquí. No sé si lo has oído en el pueblo, pero ellos son un regalo muy especial que me fue conferido tras salvarles la vida a unas doncellas del mar.
-¿Los tres? -le pregunté, con la esperanza de que comenzara a hablar sobre cómo mi padre había llegado a ellos.
-No, solo Athos y Cleo, el otro chico vino una tarde a golpearme la puerta y a decirme que quería formar parte del culto del Entrenamiento Marino.
-¿Qué es eso?
-No lo sé muy bien, fue su idea y debo admitir que me gustó mucho. Puedo ver que el chico realmente está tocado por los dioses o que al menos tiene fe verdadera en ellos. No pude negarle la entrada, no teniendo tanto potencial. Dice que podríamos ir reclutando creyentes hasta crear un ejército marino...
Los ojos del hombre miraban la nada perdidos en su propio jugo. Otra vez la obsesión; la fijación hacia aquello que tanto siglos atrás había llevado a las civilizaciones a librar monstruosas guerras y genocidios.
-¿Le puedo hacer un pregunta? -interrumpí.
-Sí, pigmeo.
-¿Qué pasaría si alguien le gana a sus hijos en una carrera?
-Ellos lo tienen muy claro, por eso no pueden perder.
-¿Pero si alguien les ganara?
-Nadie les va a ganar, sus vidas dependen de ello.
Mi padre se puso en pie junto a nosotros, tras encender el fuego, y exclamó sombrío:
-Creo que ya es hora, señor.
-No lo sé, chico.
-Sí, creo que ya están listos para su primera competencia. Competirán contra él -y me señaló.
-De acuerdo. Hoy a la medianoche, bajo los ojos de Zeus. ¿Escucharon chicos?
Los gemelos que habían estado de pie junto a nosotros todo el tiempo, cual muñecos de trapo, asintieron a la vez.
-Vayan a descansar. Necesitarán todas sus energías.


Una hora antes de la competencia, al fin solos, le grité:
-¿Qué hacés acá? ¿Un culto de "entrenamiento marino"? ¿¡Te volviste loco!?
-Era la única manera de que me dejara entrar a su casa. Además, vine a buscarte.
-Gracias, pero creo que sé cómo volver.
-¿Sí? ¿Cómo?
-Con los planos de...
-¿Y con qué la ibas a armar? ¿Con ramas?
-Sí, qué estúpido, no lo había pensado.
-¿A qué viniste, después de todo? Te fuiste sin decirme siquiera cuales eran tus planes.
-Vine esperando encontrar alguna manera de ganarle a Athos, vos sabés, su talón de Aquiles, pero lo que encontré fue más de lo que quisiera haber pedido. Sin mencionar que develé el pequeño misterio que me mandaste a buscar... ¡Son falsos, papá! El tipo es un psicópata y esos chicos sólo son sus marionetas. No hay nada mágico ni espiritual en este lugar y tenemos que irnos antes de que él se dé cuenta de que estuve merodeando en su salita azul.
-¿Qué querés decir?
-¡Que si les gano no se van a convertir en piedra! -mascullé-. ¡Son tan humanos como vos y yo!
-No te creo, veo a Athos y siento una presencia divina, algo que me acelera el corazón.
-Tenemos que volver, cada uno a su tiempo, esto no es broma.
-Soy un científico, no creo en nada hasta que vea resultados -odiaba cuando se contradecía solo. Primero era un creyente devoto y, al instante, se convertía en un Einstein de mierda-. Hasta que no vea qué es lo que resulta de una carrera entre ellos y vos, no pienso sacar un pie de esta playa.
-No, no pienso competir contra ellos. Eso alteraría el...
-¿No eras acaso el mejor? Sos un maricón.
Ahí estaba, pulsó el botón que no debió haber presionado.
-¿Querés que les juegue una carrera? Bueno, lo voy a hacer, pero apenas salga del agua, nos vamos de acá, sin chistar, sin protestas -le di un empujón que se me antojó demasiado brusco-. ¿Me entendiste..., Papá?
Y, ladeando el rostro para que no lo viera lagrimear, asintió.




LEANDRO PUNTIN
, narrador entrerriano, nació en Seguí, el 6 de septiembre de 1989. Obtuvo el 1º premio en el IX Certamen ADES; el segundo premio en el Certamen LibArte 2008 y Mención de Honor en el Concurso Mundos en Tinieblas en 2008. Publico relatos en distintas revistas locales. Acaba de publicar su primer libro Finales Abiertos en Galmort Ediciones (2009). Es miembro del Staff internacional de Letra de Cambio, La Nueva Literatura de Analecta Literaria.

Mónica Delia Pereiras

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

1 comentarios:

Leandro Puntin dijo...

www.losfinalesabiertos.blogspot.com

 

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