26/7/16

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Sebastián Hernaiz


Poemas




De: El prejuicio del sexo (2014)



UNA TARDE, MI ABUELO


Una tarde, con mi abuelo
fuimos al Sheraton a merendar.
Sería sábado, el cielo
estaba gris y nosotros felices.
La confitería era en el piso no sé cuánto, uno alto.
Ahí aprendí
esa torre roja y blanca, con reloj,
era de los ingleses. La gente
al lado nuestro hablaba en alemán y la señora
me regaló un pin con su bandera. Cada vez que paso,
ahora, me viene esa tarde que no recuerdo,
esas tardes recorriendo
con mi abuelo la ciudad,
bares, cafés. En uno, a la salida de la escuela, me enseñó
la T tiene que ocupar
todo lo alto del renglón.
Todavía hoy mi letra es mala
pero imprimo en hojas lisas. Mi abuelo me llevaba
por confiterías y bodegones. Pedía el café con mucha leche,
me regalaba monedas
de chocolate cuando me veía. Era alto, flaco,
adicto a los Suchard. Su pelada lucía lustrosa; igual,
siempre fue a su peluquería una vez por semana. Murió una tarde.
                                                    Me acuerdo/
los llamados, mucha gente de golpe en mi casa. Yo
me amparé en el resguardo
de ponerme la remera de Boca: FateO, decía. Tardé en saber
que no era una O sino una rueda. Escuchaba, mamá en el teléfono,
familiares, y yo desde el balcón
ver pasar los colectivos y tirarles
bolitas de papel con mi gomera improvisada; la remera
iba humedeciéndose de lágrimas:
nunca tuve tan buena puntería. Pero los colectivos
pasaban, seguían, y se iban.




ASADO


Parece domingo
en la mesa de asado a las cinco de la tarde, se hace atardecer
este mediodía extendiéndose.
Voces conversan,
atardece, domingo
en mesa de vinos, parece continúa
en carne fría, mayonesas. La charla
se agudiza en lo que hoy de los setenta
todavía, y en lo que hoy de hoy no aún pero la carne está
feteada en tabla de madera
y todavía hay coca y ron y whisky
para acompañar la picada.



MENARD


Hay un tipo que vive en la calle y viene
seguido a la biblioteca donde trabajo,
nunca le falta a mano su carpeta
con la inscripción: “bibliografía”. Pide
cortés, siempre el mismo libro:
-Buen día, ¿podría ser El contrato social?
Yo le doy la edición mimeográfica
que editó la Universidad de Córdoba
con algún subsidio europeo: la que él
espera que yo le dé. Abre el libro –las letras
de mecanógrafo viejo- y lee. Lee y escribe,
apartado en alguna mesa. Lee y copia,
en su carpeta, el libro que le di:
hay un linyera en mi biblioteca,
está escribiendo El contrato social.


CASAS


Zapatillas cuelgan
de los cables,
cruzan calles, me señalan
no sé qué.
En Pomar y Saenz, un cable viejo
sostiene dos zapatillitas de nene. Fumo
y las miro. También acá
hay cables que sostienen
zapatillas colgadas. Me fui
hace diez años, o más, y el azar
de una fiesta una noche me trae
de nuevo a la Pompeya esquina con Boedo.
Las calles empedradas no eran buenas, nostalgia
que deambula en los poemas. Ahora
veo pavimentaron la vieja cuadra en que viví. Camino
de la esquina de la panadería que a esta hora luce opaca
hasta la puerta de casa. Era chico y las cosas
ahora parecen chicas ellas. Un pequeño,
un personal lugar común. A la puerta del garage,
la madera clara, avejentada,
le pusieron un cartel de plástico
“Garage. Prohibido estacionar”. Cruzo,
el balcón tiene rejas que lo envuelven, podaron el árbol
que se colaba en verano a mi cuarto. Nunca me escapé
de mi casa. Era chico y el árbol tenía ramas gruesas,
me golpeaba la ventana. No sé. ¿A dónde
hubiera ido? Las ramas se escalonaban,
a dónde. Las rejas, el cartel
rojo y blanco en el garage, y dos motores
de aire acondicionado
rompieron las paredes. Ya no es mi casa,
cerró la tintorería de al lado, hay un locutorio
donde antes era la carnicería, y el mecánico de enfrente
se mudó a la vuelta, a un lugar más grande. Las zapatillas
cuelgan de los cables que cruzan calles. Chiquitas
de tela roja y goma blanca, tiemblan
con el viento que se lleva
el humo que aspiro. No hay casi tránsito
a esta hora. En la esquina me esperan mis amigos
y cerca hay una fiesta. El cigarrillo
no se acaba y lo tiro
a una zanja aunque no escuche
la brasa que se apaga.


REPELENTE


No hay mosquitos en el Tigre. El río
está bajo, hace días que no llueve.
Nos sorprende
en nuestras pieles lechosas
el sol seco de media tarde. De nada
nos protege el repelente, la piel
pica de mera incomodidad con el mundo.
Somos adictos a un par de alicientes. Las mujeres,
la mujer, noches ebrias, dos canciones.
No hay repelentes que resistan
al precipitado pasar del día a día. Va a llover pronto,
el río va a crecer. Vamos a quedar por siempre
en esta piel, en esta isla que late.



SEBASTIÁN HERNAIZ. Nació en Buenos Aires, en 1981. Es Licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires y becario de doctorado del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Es Ayudante de primera en la materia “Literatura argentina II” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde dicta clases desde el año 2008. Participa de proyectos de investigación UBACyT radicados en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” desde el año 2006. Ha publicado: Ensayo: Rodolfo Walsh no escribió Operación masacre y otros ensayos (2012); El arte de la guerra en el poker (2012). Poesía: El prejuicio del sexo (2014). Narrativa: Las citas (2016). 


Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

 

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